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ÔH CONGO

 

 

Oh Congo, mi bello País que amo. 
Desde hace más de 40 años eres independiente
Oh Congo, Patria nuestra, tierra de nuestros antepasados, 
País de múltiples riquezas:
Oro, diamante, cobre, cobalto, coltán..

 

Los tesoros de tu subsuelo son innumerables; 
            ¿Y qué decir de tus verdes bosques,
      donde árboles gigantescos, de raras especies,
             levantan sus ramas hacia el cielo,
         ramas donde brincan los monos ágiles
 y donde anidan pájaros de plumas multicolores;
    Desde el alba sus cantos alegran el entorno.

 

El bosque, la sabana, la selva 
           son otros tantos habitantes de sueño,
                       animales de caza
         y animales salvajes de todas las especies..

 

Tierra generosa, tu Población puede gustar variados productos, 
                                                 como la manioca y el maíz,
                         indispensables para la preparación del "Fufu" cotidiano.
                                                                                   

                           ¿Cómo no maravillarse ante los árboles frutales
                     que ofrecen profusamente mangos, bananos, papayas...?
                                               ¿Y qué se yo aún?
                         Sólo con mirarlos, se nos llena la boca de agua.

 

Mientras su curso forma cataratas y cascadas, 
sus brazos numerosos serpentean el interior.
Algunos forman los Grandes Lagos, 
Lagos amados por todos los que desean un día ver instalarse 
en ellos, una Paz duradera.
.

 

Río Congo, en tus aguas repletas de peces,
                  la navegación es intensa.
           ¡   Cuántas personas ves pasar!
En efecto, permites el desplazamiento de la población, 
              cuando otros medios fallan.
   Y facilitas los intercambios comerciales.
Gracias a tu caudal importante, la presa de Inga 
puede procurar electricidad a nuestro país y a los vecinos.
  ¡Congo, la naturaleza y el Creador te han colmado!
              Congo, mi bello país que amo; 
              Congo, ¡Cómo me sorprendes!

 

¡ Y a veces también me entristeces!
¡Cuántas riquezas encierras! 
Pero entonces, no comprendo. Escucho rumores de pobreza:
paro, enfermedad, hambre, conflictos.
¿Qué ocurre?
¿Dónde están los encargados de repartir 
equitablemente todos tus bienes?
¿Podemos dejar durar una situación así? 
¿Es un estado de hecho? 
No.
 El pueblo grita: "Esto no puede durar más"

Pero la llama de la esperanza vuelve a brillar. 
Algunas voces se hacen oír,
Voces con acento de "cambio". ¿No lo ves? 
Algo se está moviendo.
"Congolés, de pie". Canta el himno Nacional.
Sí, poco a poco te levantas.

Consciente de tu dignidad de ciudadano, te atreves a desafiar los obstáculos. 
Te presentas para el compromiso. 
Llevas en tus manos la tarjeta de elector, sales del despacho:
 Estás preparado para hacerte oír cuando llegue el día.
Tu tarjeta de voto expresará tu voluntad de cambio, 
tu deseo de ver un día un Congo auténticamente democrático,
donde la Justicia y la Paz se abrazarán.
Justicia: Reivindicación de los profesores olvidados;
Justicia para los padres;
Justicia para los niñ@s,.
Justicia para las mujeres del Congo.

 

 

Mujeres,del Congo.
Mujeres del Centro "Madre María de Jesús". 
                  Modestamente, 
vosotras y nosotras participamos al cambio.
        Queréis salir de vuestras parcelas. 
             Ensanchar vuestro horizonte 
encontrando a otras mujeres, que como vosotras, 
      aspiran a un porvenir más sereno:
   La Costura, el Francés, el intercambio 
              son actualmente medios 
para ayudarnos a tomar todo nuestro lugar
            En el Barrio, en la Sociedad

 

Mujeres, tenemos que decir nuestra palabra 
              para que las cosas cambien.
                 Mujeres del Congo;
¿Acaso no sois "el alma del Hogar", de la familia?
La Familia,¿No es  célula de base de la sociedad?
        Ánimo Congolesas, Congoleses.
                              De pie. 
     Comprometámonos allí donde estamos.
No esperemos que el exterior decida para nosotr@s. 
          Tomemos nuestra vida en manos.
El porvenir, nuestro porvenir se construye con 
Nuestros brazos. Nuestra Fe, nuestra inteligencia,
                        Nuestro corazón.
Congo, nuestro País. Junt@s, construyámoslo. 
    Oh Congo, ¡Patria mía, mi País que amo!

Las novicias HA de Kinshasa, con Sr. Jeannette -

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EXPERIENCIA EN EL SERVICIO DE   REFUGIADOS DE LOS JESUITAS  
en  MALAWI

por Michelle Carter (Hermanita de la Asuncion)

 

 

 

Malawi es un pequeño país situado entre Mozambique, Zambia y Tanzania al norte; es una democracia pluralista, que recientemente ha sido elegida como el segundo país más pacífico de África, después de Botswana. El lago Malawi con sus 300 kilómetros de longitud, cubre un tercio de Malawi. La población se eleva a 14 millones de habitantes, con una densidad de 54 personas por kilómetro cuadrado.

 

Desde el punto de vista económico, Malawi figura entre los países más pobres de la tierra, con una fuerte dependencia de ayuda extranjera. Más del 90 % de la población subsiste de la agricultura y no tiene acceso al agua potable ni a la electrici-dad. En el 2002 y 2005, años en que no llovió, cientos de personas murieron de hambre..

A pesar de su gran pobreza, Malawi ha acogido siempre a los refugiados. Durante la guerra en Mozambique, más de un millón de personas huyeron de su país para encontrar refugio en Malawi. El JRS (Jesuit Refugee Service) está presente en Malawi desde hace más de 20 años. En el 2002, el HCR (Alto Comisariato de las Naciones Unidas para refugiados) pidió al JRS trabajar en cooperación en el terreno de la educación, en los dos campos de refugiados de Malawi. En el 2007, el Campo que estaba situado en el sur del país cerró, y 3.000 refugiados pasaron al Campo de Dzaleka que se encuentra a 45 kilómetros al Noreste de Lilongwe, la capital de Malawi.
Como sabéis, en el Capítulo del 2005 se decidió trabajar más estrechamente con refugiados y personas desplazadas al interior del país. En el 2006, cuando la Congregación me pidió trabajar con el JRS, acepté. Actualmente, el JRS es responsable de la educación y de la ayuda psicológica de los residentes del Campo y de algunos refugiados urbanos.

 

Cuando llegué aquí, Dzaleka sólo contaba con 5.000 residentes, la mayor parte procedentes de la región de los Grandes Lagos y, en menor medida, de la Corne de África. A causa del cierre del Campo de Luwani y de la guerra incesante en el este de la RDC, el Campo ha visto a su población llegar a más de 11.000 individuos..

       Cuando llegué a Lilongwe no conocía el país, la cultura, ni a nadie. Por primera vez en mi vida religiosa, vivía fuera de una comunidad. Además, nunca había trabajado con refugiados. Aunque todo esto fuera descorazonador a primera vista, tenía la certeza que Dios estaba siempre allí y que El me daba la bienvenida a Malawi. Después de haber vivido sola durante un mes, me aloje en casa de las Medical Missionaries of Mary. En la comunidad había hermanas Malawitas, Nigerianas e Irlandesas, todas ellas me hicieron una acogida formidable.

 

Durante años, no se permitía a los refugiados tener acceso a la educación. Este problema se resolvió, pero se les niega el derecho a vivir o trabajar fuera del Campo a menos de contar con habilidades o competencias especiales de las que Malawi tenga necesidad: entre los felizmente elegidos hay algunos médicos, enfermeras, ingenieros y profesores. Algunas personas intentan vivir en la ciudad a la que trasladan sus cosas, pero la mayoría de las veces son arrestadas y devueltas al Campo.

            Entre las 118 personas que trabajan para el JRS, la mitad son refugiados.
Todos los que trabajan por primera vez entre los refugiados, en condiciones muy duras, tienen, en principio un sentimiento de impotencia, de inutilidad y de rebeldía frente a la extensión de los problemas de los refugiados. Por ejemplo, habitualmente, se puede facilitar el darles una vela o un pedazo de pan a los que ves con más necesidad. Pero aquí eso se hace imposible, pues al minuto siguiente un millar de personas vienen a preguntarte: “¿Porqué se lo has dado a ella y no a mí? Lo necesito tanto como ella”.

        Cuando me inquieto, literalmente debo volverme hacia la sabiduría de Dios y contar con su poder, y oigo en el fondo del corazón: “Todo irá bien”.

          Desde hace dos años, escucho a los refugiados explicar los horrores que han sufrido, ellos y sus familias, veo la gran pobreza en la que viven, sin saber lo que les espera mañana. A veces quedo subyugada por la certeza que ellos tienen de ser amados por Dios: esta fe me evangeliza. Ninguna reunión se empieza o se termina sin una oración.

        Los refugiados pueden ser muy obstinados y tercos, pero han de serlo si quieren sobrevivir. A veces, no llegan a pensar más allá de sus necesidades personales. Sin embargo cuando nace un bebé en el Campo, comparten la poquita ropa de niño que ellos tienen. Cuando algún niño queda huérfano, lo acogen en sus minúsculos habitáculos de barro y se ocupan de él; y cuando alguien muere fabrican un féretro con tablas de madera.

            Los refugiados tienen enormes esperanzas. Uno de los servicios ofrecidos por la JRS es hacerse cargo de su defensa. Todos los refugiados quieren contar su historia con la esperanza de ser admitidos en el programa, o esperan ser enviados al extranjero cuando necesitan un tratamiento médico especial. He aprendido a no culpabilizarme cuando coloco carteles en el Campo recordándoles que la JRS no se ocupa de la elaboración de documentos, de repatriación y de protección, siendo todo ello responsabilidad de la HCR. La media de permanencia en el Campo es de unos 18 años. Cientos de niños no han vivido en otro sitio fuera de aquí.
         A menudo me desanimo por la tarea que acepté y me pregunto: ¿Cómo es posible continuar? Entonces, pienso en los refugiados que no tienen más remedio que continuar, aunque la vida sea dura. Y después de todo, lo único que se me pide es caminar a su lado con amor.

En Dzaleka

Hace frío en la meseta,
y el espeso polvo rojo se arremolina
en el sendero de los que llegan cansados de huir de asesinos del alma y de la carne.

Una niña lucha por respirar, su corazón cede,
no puede mantener el esfuerzo que ha de hacer para seguir viviendo.
Otros niños pasan brincando,
con sus libros en las manos, contentos de aprender.

Los demonios de la guerra llenan los corazones y las palabras.
El miedo invade todos los poros de la piel
que rezuma intercambios nacidos de la desesperación.
Puede que un día ellos sean incipientes fulgores de esperanza.

Hay brujas danzando sobre las tumbas
de los que acaban de morir.
Las madres aprietan a sus niños contra su pecho.
Mientras Jesús está allí, en la cruz, lleno de amor.

Michelle Carter

            No olvidéis a los refugiados y desplazados en vuestras oraciones.